A mediados de los años 70, la Iglesia cristiana en América se encontraba en una encrucijada con respecto a su papel en medio de su propia cultura. Importantes sectores de la sociedad señalaban la actitud adoptada por diversas denominaciones cristianas, las cuáles esperaban el inminente regreso de Jesús a la Tierra, junto con todos los eventos relacionados con este retorno triunfal, como el rapto de la iglesia, la gran tribulación, la abominación desoladora, entre otros eventos escatológicos desde un punto de vista dispensacionalista. La inminencia del retorno de Cristo, provocó el que muchas Iglesias fueran “raptadas” antes de tiempo, pues su posición y su actitud ante la dinámica de sus sociedades, parecía en muchos casos, la actitud de alguien que si bien aún no ha partido, ya se está despidiendo de los suyos. Indudablemente la influencia de esta postura, atizada por el éxito editorial de publicaciones como Late Great Planet Earth de Hal Lindsey, contribuyeron en precipitar los anhelos de una generación de creyentes que veían el fin de los tiempos al doblar de la esquina. Tras la publicación del libro de Hal Lindsay, vino la película Like a Thief in the night y canciones clásicas como el himno de Keith Green A song to my parents y el clásico de Larry Norman I wish all we’ll been ready. El resultado, en muchos casos, fue una posición abnegada y distante frente a los desafíos del mundo que rodeaba la Iglesia. Sin lugar a dudas, hubo también un despertar evangelístico que trajo a muchos hasta las Iglesias, pero al final, todos vieron pasar las fechas señaladas sin la culminación de los hechos escatológicos que todos consideraban inminentes. Por supuesto la crítica se centraba en la postura lejana y en ocasiones indolente que muchos sectores cristianos adoptaban frente a las realidades de su mundo. El papel del cristianismo en la cultura mas allá del evangelismo y de algunos ejemplos de trascendental relevancia como es el caso de Martín Luther King, seguía sin proponer hechos e ideas que condujeran hacia una transformación profunda y definitiva de una sociedad enferma que necesitaba cimientos sólidos en sus valores quebrantados para no sucumbir aplastada por la historia. Los escritos y mensajes del predicador presbiteriano Francis Schaeffer, lograron encontrar un eco amplificado a mediados de los años setenta, cuando muchos jóvenes descubrieron en su discurso, respuestas sensatas para el eterno interrogante de su papel como creyentes en medio de la cultura.
Nacido el 30 de Enero de 1912, Schaeffer fue un ministro presbiteriano, quien realizó sus estudios en el Hampden-Sydney College de Virginia y en el Westminster Theological Seminary de Filadelfia. En 1938 recibió su grado en teologìa, siendo el primer alumno graduado en The Bible Presbyterian Church, sirviendo entonces como pastor en congregaciones de Pennsylvania y Missouri hasta 1948. Su mayor contribución se encuentra en el plano de la apologética. Influenciado por otros pensadores cristianos como Cornelius Van Til y Edward John Carnell, en 1955 viaja a Europa, hasta los Alpes suizos, donde junto a su esposa Edith, deciden colocar su hogar a disposición de los jóvenes, ministros, pensadores, y en general todo tipo de público interesado en profundizar acerca de los diversos tópicos inherentes a la presencia del cristianismo en medio de nuestra cultura. Mas que un centro de entrenamiento misionero o doctrinal, L’Abri (Shelter en inglés), se convierte en un refugio para itinerantes inquietos de todo el mundo, en busca de respuestas profundas y al mismo tiempo sencillas, acerca de las preguntas que a diario, como creyentes, nos hacemos en silencio. La conversación, la exposición de diversos puntos de vista, el análisis detallado, bajo una perspectiva filosófica, cultural, teológica y cristiana, aún siguen siendo la mayor contribución de L’Abri. Francis Schaeffer sostiene que la palabra de Dios contiene las respuestas necesarias para cada interrogante humano, en cada área particular de su experiencia, con la capacidad de transformarse de acuerdo a cada edad sociológica y hablar con una elocuente persistencia a la necesidad específica de cada época, poseyendo una capacidad intrínseca de validez generacional, una vigencia intemporal.
Schaeffer considera que el cristianismo histórico debe proveer respuestas para el hombre de hoy inmerso en una edad postmoderna, caracterizada por un relativismo profundo en cuanto a la ética y la moral y un progresivo deterioro de las grandes metanarrativas y las doradas epopeyas humanas, donde el único imperativo categórico pareciera ser nuestro profundo descreimiento de las cosas. Como escribiera un poeta español definiendo en pocas líneas el espíritu epocal de la postmodernidad:
Entusiasmado
salí temprano en la mañana
a robarme el fuego de los dioses,
pero regresé tarde y lento
fumándome un cigarrillo.
Ante este panorama, Dios usa Su palabra como un argumento propositivo para los grandes interrogantes de cada época, haciendo brillar las líneas doradas de Su Voz de la misma forma en que el apóstol Pablo las hizo escuchar en medio del Areópago de Atenas, delante de los epicúreos y los estoicos, iniciando su discurso apologético desde la propia religiosidad griega, reconstruyendo su mensaje cristiano desde las cenizas del altar al dios no conocido, citando lo escrito por los poetas atenienses en el himno a Zeus y haciendo de este himno y del altar al dios no conocido, una profecía y un púlpito desde el cual los viejos poetas y los dioses ocultos de Grecia parecían predecir desde el origen de los siglos apócrifos, el advenimiento de un nuevo Dios, mas glorioso que Zeus y mas poderoso que los dioses olímpicos: Cristo y Cristo crucificado. Pablo, un teólogo, un ciudadano del mundo y un apóstol, conoció e interpretó el espíritu de su época e hizo hablar a los poetas y los dioses de su tiempo para que todos, estoicos y epicúreos, inclinaran su oído a la verdad de Cristo revelado. Hoy por hoy, existen las mismas corrientes de pensamiento. La posmodernidad de la cual habló Lyotard, cultiva el epicureísmo, el hedonismo como virtud, la búsqueda incesante del placer por el placer, el humanismo narcisista que persigue el éxito personal y encuentra en el mercado todo lo necesario para alimentar los apetitos de su ego, su sensualidad y su autosatisfacción. Lejos de los idealismos y las grandes cruzadas filantrópicas y altruistas, los discípulos de Epicuro, cuyo dios es el vientre, prefieren alimentar la voluptuosidad de sus sentidos antes que una espiritualidad famélica e intrascendente, mientras los estoicos del siglo XXI, cultivan el autocontrol, calibran sus chakras energéticos para evitar el infortunio y mantener la calma, gobiernan su propia mente, y aun, pueden ser su propio dios. Ambas corrientes de pensamiento y de conducta siguen presentes en nuestro tiempo, y al igual que Pablo, nos es necesario observar y reconocer los diferentes elementos culturales que nos rodean, conocer su dinámica, su discurso, para hacer del discurso cristiano, un discurso pertinente y trascendental.
Tener una mente espiritual, es comprender que debemos poseer la sabiduría de Dios presente en las escrituras, y no pensar como el hombre moderno piensa, que su propio conocimiento finito es un suficiente punto de partida.(F Schaeffer).
Francis Schaeffer nos ha hablado también sobre un término aplicado a nuestra cultura cristiana. El Guetto. Al hablar de guetto, estamos hablando de una subcultura, inmersa dentro de una cultura reinante, frente a la cual dicha subcultura se encuentra aislada y en ocasiones en abierta contradicción. Uno de los primeros guettos legendarios, lo organizó el papa Pablo IV en 1555, tras la promulgación de su bula papal Cumnimis absurdum, en la cual, asumiendo que el pueblo judío estaba “condenado” a la esclavitud y al rechazo del amor de Cristo, obligó a la población judía a vivir en una pequeña área de la ciudad de Roma, confinados y excluidos del resto de la sociedad, encerrados bajo llave por las noches en su pequeña patria hebrea, obligados a llevar un sello distintivo que le permitiera a cualquiera reconocer a la distancia a un judío, como en los días de la ley mosaica a los leprosos; los hombres debían llevar un sombrero amarillo. Las mujeres, algunos tipos de velos que cubrían sus cabezas y ropas de colores definidos, sin la oportunidad de enseñar, ni ocupar cierto tipo de cargos dentro de la sociedad romana. Este estilo de guetto fue perpetuado por papas sucesivos e imitado en otras ciudades italianas, hasta poco después del papado de Pío IX en el siglo XIX. Este guetto romano tardó casi cuatro siglos en ser abolido, siendo retomado bajo el imperio Nazi de Adolfo Hitler, quien reprodujo prácticamente los mismos patrones sectarios de Roma. The Jewish Quarter (Wohnbezirk), fue una de las prácticas más atroces del mundo moderno y de las más inconcebibles de toda la historia. En ciudades del Este de Europa, se establecieron varios de ellos: Lodz, Warsaw, Vilna, Riga, Minsk, siendo quizá el más famoso el guetto de Varsovia en Polonia. Nadie podía entrar, nadie podía salir. Alambradas de púas, muros enormes y grises, soldados custodiando de noche y de día el guetto, obligaron por años a una población judía hacinada, maltrecha y hambrienta, a una exclusión total del resto del mundo.
La Iglesia ha pasado también por varios tipos de guetto. El primero quizá sea la iglesia primitiva subterránea, la iglesia paleocristiana, obligada a vivir y ministrar bajo el subsuelo del imperio Romano, en las frías y oscuras galerías de las catacumbas romanas, acostumbrada a congregarse en lugares secretos como las periferias de la ciudad, o los cementerios solitarios en las noches, conducidos a estos extremos por la feroz persecución romana impulsada desde el trono del Imperio. Nerón, Calígula, Vespasiano, entre otros, impulsaron numerosas persecuciones hacia una “secta” que no adoraba a los dioses del Imperio ni participaba de las fiestas religiosas de la ciudad. Algunas fracciones de protestantes en Europa desde el Siglo XVI, también fueron perseguidos de forma inmisericorde, como los hugonotes en Francia, o los protestantes en Italia bajo el papado de Pío IX en el siglo XIX. Por su parte, sectores Protestantes también han sido el guetto victimario, como es el caso de la “Teocracia” en Ginebra conducida por Calvino, donde hombres como Miguel Servet fueron condenados a la hoguera por no someterse a los dictados infalibles de la teocracia. En algunos países como Rusia, China Popular, Vietnam y otros países de orientación comunista, el cristianismo ha sido también sometido a ese tipo de persecución. En estos casos, la intolerancia y la violencia han justificado la discriminación de la Iglesia en sus diferentes momentos. Pero el guetto al que se refería Francis Schaeffer, es un guetto diferente. En medio de los mismos dictados post-modernos, el cristianismo hace parte de la enorme y variada multiplicidad social, lo cual le ha permitido expandirse numérica y denominacionalmente, si bien a nivel cultural, científico y estético, sus contribuciones han sido, en muchos casos, aún exiguas. A ese tipo de guetto se refería Schaeffer. No el guetto impulsado por la abierta persecución en contra de nuestros principios, sino el guetto construido en nuestra propia mente, edificado con los muros levantados en las arenas borrosas de nuestra imaginación, que ha llevado al cristianismo a convertirse en una minoría encerrada dentro de una cultura dominante, a la cual parece no pertenecer, a la cual critica, condena y boicotea, en lugar de aportar, reconstruir y transformar. En muchos aspectos, seguimos siendo una minoría, aunque nuestras iglesias crezcan sin parar, y las denominaciones se multipliquen por miles, nuestra minoría no es una minoría numérica, quizá es mas una minoría cultural, intelectual y creativa, alimentada por nuestros propios prejuicios y por una visión limitada del mundo, en el cual estamos, aunque no militemos conforme a sus principios y valores. La persecución entonces, es nuestra propia persecución y es nuestra propia exclusión. Nuestro lenguaje, nuestras costumbres, nuestras expectativas son comunes para los habitantes del guetto, pero pueden sonar extrañas para los extraños, a los que sin embargo, queremos llamar “hermanos”. En un tiempo en que las ciencias estadísticas y exactas gobiernan cada decisión humana, la Iglesia en Latinoamérica sigue apostándole a la anécdota como una herramienta vital de su mensaje. Culturalmente, esta es una verdad de a puño. En medio de nuestros prejuicios, hay sin embargo enormes contradicciones. Pretendemos aislarnos del mundo que nos contamina con su cultura, pero adoptamos los mismos patrones y estándares para emitir nuestros juicios de valor. En su carátula de 1983 Eye of the storm, Mark Heard pondría en claro su posición al respecto:
“Prefiero verme a mí mismo como un escritor que es cristiano, y prefiero permitirle a mi fe saborear mis observaciones en vez de dictarlas. Prefiero que mi pluma actúe como un nervio receptor y escriba acerca del mundo – el único y real – que existe afuera de las nociones simplistas, plásticas, alimentadas por los medios, de la sociedad y la sociedad cristiana sobre aquello que es la vida y aquello que es importante.
Heard concluyó enfatizando, “Prefiero no excomunicarme a mi mismo, ni del mundo “secular” ni de la iglesia, a favor de intentar escribir en una forma que sea comunicativa para ambos pero calculada hacia ninguna”.
El pensamiento de Schaeffer debería ser revisado con mayor profundidad por la Iglesia contemporánea. En un tiempo en el que se sientan preceptos “infalibles” al interior de las Iglesias, el modelo de conversación, estudio y opinión teológica propuesto por Schaeffer en L’Abri, sigue siendo una enorme contribución a la mente cristiana que necesita ser renovada en cuanto a su propia percepción respecto a la cultura y el universo dentro del cual se desarrolla, y al cual debe afectar, influyendo con propuestas, con ideas, con hechos, lo cual no se logra sustrayéndose a sí misma del mundo. El papel de la Iglesia, sigue siendo el papel de la sal, que preserva al mundo de su propia corrupción. Y el papel de la teología es el papel de la nodriza que alimenta, que conduce, que enseña, que corrige y que conversa con la hija de su Señor, con la lámpara encendida en todo tiempo, leyéndole historias antes de dormir, noche tras noche, hasta que el esposo y el padre, vuelvan por segunda vez.

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