El FUEGO DE UN NUEVO CANTO
Por JORGE E. LEÓN PINEDA
Esta especie de segunda edición en la prosa del escritor y periodista, tiene un valor referencial sobre la incidencia de la música en la psicología y en la conducta.
Solo en contadas ocasiones y por simple curiosidad probé la marihuana pero como sus efectos me producían sensaciones desagradables, le cogí miedo a la hierba. Si embargo el rock obraba como un narcótico que me sacaba de la realidad por unos momentos. Al fin y al cabo era mi única compañía con la que intentaba llenar mi soledad. Doy gracias a Dios que fui educado con mano fuerte por mi padre, un técnico en maquinaria agrícola que me levantó disciplinadamente trabajando en el taller, debajo de los tractores o arreglando las máquinas en las haciendas. En este marco se fue gestando mi vocación por la música, pese a su oposición. Me tocaba estudiar a escondidas con canecas y cartones, que hacían las veces de tambores y platillos. Las baquetas las fabricaba con varas de café, a punta de cepillo y lija. Aprendí a leer la partitura con la ayuda de otros colegas. En 1979 pasé a integrar por primera vez una banda de hard rock, al lado de William Fierro, un cantautor que se radicó en Suiza hace más de 15 años. Posteriormente pasé a otros grupos de rock pesado con profesionales de la escena bogotana. Con el tiempo y por las exigencias del medio, aprendí a tocar otros estilos más suaves como el jazz fusión y el sonido latino. Al fin y al cabo era mi trabajo y por eso me pagaron en tabernas y pizzerías donde toqué. A mediados de los ochenta viví la primera pesadilla como músico de rock. Durante un concierto en el estadero Rancho JR, cerca de Chía, donde tocaron también otras agrupaciones, se armó una trifulca entre los asistentes embravecidos por el alcohol y las drogas que terminó con destrozos y heridos graves. Mientras tocaba con el grupo Neptuno, se estrellaron cerca dos botellazos.
De repente llegó la policía, se fue la luz y gateando en medio de la balacera y la oscuridad salí como pude con los demás del grupo. Durante una presentación en otro concierto realizado en el teatro del colegio La Salle, por la misma época, un corpulento y eufórico metalero se subió al escenario y empezó a palmotear agresivamente en los parches de mi batería. Afortunadamente la fuerte y progresiva música que tocamos lo calmó, y terminó como manso cordero, ayudándome a cargar la batería cuando terminó el concierto. Debido a las precarias medidas de seguridad, algunos de los asistentes le prendieron fuego a las cortinas del auditorio.
Con La Pestilencia.
Una vez que terminé estudios universitarios, que costeé trabajando, empecé a ejercer como periodista en La República y posteriormente en comunicaciones del Idema. Reuní los ahorros y viajé a Suiza en 1984, para hacer realidad el sueño de mi infancia: conocer a las grandes estrellas de rock. Así sucedió. Incluso pude tocar en la ciudad de Laussane, con músicos europeos. También cubrí para este diario los festivales de jazz de Montreaux y Nyon en Suiza. Conocí de cerca de varios grupos punk, post-punk y los de la llamada “onda siniestra”, vestidos de
negro, con uñas y labios pintados de negro y con una palidez extrema, como cadáveres.En julio del 86 entré en contacto con un género musical muy fuerte y rápido llamado hardcore metal, al integrarme como baterista a un incipiente proyecto marginal llamado La Pestilencia, en Bogotá. El choque fue violento ya que en ese momento trabajaba con un grupo de jazz latino y música popular en una elegante pizzería al norte de Bogotá. Además realicé por esa época un programa de rock y música de vanguardia en la emisora de la Universidad Javeriana, y colaboré en la oficina de prensa de la Federación Nacional de Cultivadores de Palma, Fedepalma, gerenciada en ese entonces por Antonio Guerra de la Espriella quien sería después senador de la república. Como afiebrado melómano leía cuanto encontraba sobre rock, música industrial o avant-garde. Incluso cuando empecé a oír “música de la nueva era”, incursioné en el yoga con la organización Brahma Kumaris, para buscar paz interior. Esta experiencia fue muy temporal. De un momento a otro resulté metido de pies y cabeza dentro del salvaje y áspero galpón del metal. Durante 1987 y 1988, época en que el país vivía un momento crítico debido al narcoterrorismo, La Pestilencia inició sus presentaciones ante la sociedad marginal y con ello presencié la desesperada realidad de un sector de la juventud capitalina.En 1987 se dieron los primeros conciertos en diferentes locales y en poco tiempo, el grupo logró un buen número de seguidores. Todos se reunían a desahogarse furiosamente unos con otros a través del pogo (saltos y volteretas con choques violentos entre sí). Este agresivo ritual de origen anglosajón se impuso primero en Medellín. Nuestros seguidores se enloquecían desde el primer compás. Casi siempre la policía llegaba a interrumpir el concierto, y dada la tensa situación, nos obligaban a terminar el “recital”, en medio de impresionantes dispositivos de seguridad, y nos requisaban encañonados. Tuve miedo de perder la vida o quizá, que hubiese un herido grave en uno de nuestros conciertos.
La filosofía anárquica de las canciones contenía mensajes contra la corrupción social y administrativa, pero también reflejaban la situación que vivía el país. Durante un concierto en la Universidad Nacional se desató una batalla a piedra y botella entre estudiantes y nuestros seguidores.
Milagrosamente no se metieron con nuestros equipos sin embargo, nos llevamos tremendo susto cuando estalló un petardo. Las directivas nos sacaron en carros oficiales. Otra invitación inolvidable fue a un festival punk en Copacabana, cerca de Medellín. El concierto se realizó en un abandonado coliseo rodeado de gallinazos. Me impresionó las largas filas de punteros chupando sacol y alelí (alcohol antiséptico con gaseosa) y fumando marihuana. Adentro, el pogo era demencial y sangriento tanto entre hombres como mujeres. Algunos portaban manillas con chuzos. En las chaquetas de muchos figuraba un escalofriante lema: “No futuro, no esperanza”. Como no había garantías de sonido ni de seguridad, esa misma noche nos regresamos en flota para Bogotá. La muerte rondaba aquel lugar. Otra de las fantasmagóricas experiencias con La Pestilencia ocurrió durante una presentación en el coliseo El Campín, en el 88. El concierto se llamó Calavera Rock-1 y asistieron agrupaciones de Medellín y Bogotá con nombres de pesadilla: Féretro, Reencarnación, Darkness. La pista fue transformada en un cementerio con tumbas y criptas. En el centro estaba el escenario. La propuesta de Pestilencia no encajaba con aquello. A regañadientes tocamos pues se tenía un contrato.
Cambio definitivo
En el 89 realizamos nuestro primer disco. No me importó que al año siguiente el trabajo tuviera repercusión nacional e internacional. Ya no me sentía bien en ese ambiente. Más adelante entré al grupo metálico Excalibur. Nos presentamos al lado del grupo norteamericano Autocontrol. En 1991 pasé al cuarteto Delia y los Aminoácidos, etapa preliminar de Aterciopelados. Tocamos un año en un bar de La Candelaria, con noches al estilo del underground europeo, con personajes de negro parecidos a los vampiros. Mucha bohemia en un ambiente de frivolidad e imágenes ocultistas. Mi última salida a escena del rock capitalino la hice con el grupo pop Estrato Social, en la primera versión del festival Rock al Parque, al lado de un grupo español.
Un colega periodista me invitó a una iglesia cristiana y después de alguna insistencia acepté. Una de las razones era que quería buscar a Dios, aferrarme a algo y calmar mi ansiedad
y profunda tristeza. Un desengaño amoroso hizo pasar por mi mente varias veces la posibilidad del suicidio. Un sábado llegué un poco escéptico. Lo primero que me impactó fue ver las expresiones de alegría de las personas que bailaban y brincaban como enloquecidas con estandartes, exaltando el nombre de Jesucristo.
Pese al choque que me produjeron estos “fanáticos”, sentí tranquilidad. Continué asistiendo. Empecé a ver de otra manera las cosas. El odio y la amargura que habían echado raíces en mí fueron desapareciendo. Perdoné a los que me habían hecho daño. Un cambio real se estaba operando en mi vida. Así acepté a Cristo y empecé al recibir la Palabra de Dios en la Comunidad Cristiana de Fe, lugar que me vio nacer de nuevo. Durante varios años le he servido al Señor como baterista del grupo de alabanza de esta congregación, así como también, como integrante de algunas agrupaciones de pop-rock cristianas y además, participé en la grabación del disco de balada pop “El tiempo de la canción”, bajo la dirección del compositor y arreglista José Germán Malo. Actualmente formo parte de un proyecto musical que fusiona ritmos colombianos con el funk y el pop.
Nueva dimensión musical
Mi primer encuentro como baterista con la música cristiana sucedió al integrarme a una agrupación con músicos de otras congregaciones. El grupo se llamó Bajo la Gracia y hacíamos algo de pop. La cantante era una actriz de televisión que actualmente vive en USA. Nunca olvidaré la primera presentación en una congregación de Bogotá y con el auditorio repleto. Perecía un sueño ver todo ordenado, era como estar en el cielo. Me acordé del ambiente infernal de destrucción de los escenarios del metal y del punk. Me encontré con Jorge Barco, sobrino del ex presidente de la república, con quien toqué alguna vez en un estudio con su grupo Ship.
Estaba formando un grupo cristiano en Miami.
En 1995 tuve el privilegio de tocar en el estadio El Campín en un evento cristiano, con una orquesta con músicos de varios países. La sensación fue indescriptible: una multitud de manos levantadas clamando al sonido de trompeta y tambor por la paz de Colombia, y para que el amor de Cristo reine en todos los rincones de la patria. La otra parte del milagro se operó sobre algo que quería como mi mejor herencia. Me desprendí sin sentimentalismos de una colección de más de 3 mil discos rigurosamente clasificados y 700 casetes, que había conseguido a lo largo de muchos años. No quería saber nada de lo que me atara al pasado. Al fin y al cabo esto no había llenado mi vacío, solo quedó el recuerdo del conocimiento y la técnica.
Decía Eduardo Arias en su artículo publicado en El Espectador: “Cruzadas contra el rock”, que es muy fácil echarle la culpa al rock de todos los problemas de la juventud, cuando el asunto de fondo está en la educación. Añadía que nunca se cuestiona la estrecha relación entre la música tropical y el consumo de aguardiente, ron y otras drogas socialmente aceptadas que provocan tantos muertos y trifulcas, que generalmente tienen como telón algún vallenato, bolero, ranchera o merengue.“Sin embargo, jamás se han emprendido brigadas moralistas contra estos géneros musicales que incitan al desamor, el suicidio, la depresión y el desespero. “El doble sentido, la perversión y la pornografía suelen aparecer en el chucuchucu y en incontables ejemplos de porno-salsa y merengue-cama, que suenan continuamente en la radio sin que nadie proteste”. Este es el lastre que carga un sector de la población colombiana, que solo tiene en este medio a su único escape, poniendo en entredicho su salud mental.
Rock, drogas y música tropical.
No es secreto que el rock ha mantenido estrecha relación con la droga. Mucho se ha escrito sobre el tema. Es el pesado lastre que ha cargado este lenguaje universal, con el que se ha identificado millones de jóvenes. Empezó con Leary, llamado el profeta de los alucinógenos en los sesenta, época de la sicodelia de moda otra vez en los noventa. Y aunque es llover sobre mojado, hay incontables casos de muerte, suicidio y otros accidentes inducidos por el escape desesperado entre rock, depresión y droga tanto de estrellas como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, John Bonham, Kurt Cobain y el cantante de la banda INXS, así como de otros jóvenes desconocidos. Sin embargo hay quienes han podido ser rockeros a punta de jugo de naranja y yogurth. En esto no se puede generalizar. Todo depende del ambiente, de la educación, del hogar, de los principios. Nuestra sociedad mojigata e hipócrita aún no se escandaliza por el elevado consumo de licor en la juventud, ya que es la única droga socialmente aceptada. Basta con ver los fines de semana la creciente clientela joven alrededor de las licoreras, aunque es lo mismo en fiestas con música tropical, así como en encopetadas esferas ejecutivas, en rumbas gomelas de tecno y dance y en la pandilla de barrio que escucha merengue dominicano, el insoportable y antimusical reggaetón, vallenato o salsa.
Ciertos géneros como la llamada “música del despecho” inducen al licor y al suicidio como salida a la soledad. La música como poderoso canal es utilizada con ramplonería y mal gusto para pervertir sin que nadie diga nada y sin ningún control en la difusión. Tanto se habla de la salud del pueblo colombiano pero no se hace nada. El conflicto de fondo sigue siendo el enorme vacío interior, que busca llenarse con lo primero que se encuentre. Muchos se hallan solos, llenos de odio y carentes de amor y compresión. A esto hay que agregarle la falta de adecuada formación de los jóvenes (sin llegar a la represión) que los ubique como servidores honestos de la sociedad. El hecho de brindarle comodidades al joven no indica que se le está dando amor. Es por eso que a edad temprana, muchos piensan en el suicidio porque ya lo han probado todo y la vida no les sabe a nada. Es la llamada “Generación X”, que se debate en la incertidumbre con una mente vacía, seguramente porque no le han apuntado a un ideal alto, ni han buscado la dirección de Dios, enceguecidos en el engaño de las cosas pasajeras.
Artículo disponible en http://www.noticiascolombia.net/jorgeleon.html


5 respuestas hasta el momento ↓
HOGAR NUEVO AMANECER // Noviembre 23, 2008 a 12:02 am |
NOS PARECIO UN TESTIMONIO MUY INTERESANTE Y MUY BONITO YA Q CUENTAS COSAS IMPACTANTES PARA NOSOTR@S
efren burgos // Junio 4, 2009 a 7:17 pm |
se te extraña mucho… y esperamos volver a compartir contigo… no dejamos de orar por tu vida y todo lo que Dios a planeado para tu vida. sabes eres una gran bendicion para muchos de nuestros jovenes… un abrazo..amigo
German Gomez R. // Junio 11, 2009 a 12:33 am |
Gracias por su amistad y sus enseñanzas Jorge,permanecen en mi y quiero participarlas.
HILDA REINA // Julio 30, 2009 a 10:29 pm |
graciaSPOR ESE TESTIMONIO QUE ES DE MUCHA EDIFICACION PARA TODOS
FELICITACIONES
LO VI Y ESCUCHE EN LA IGLESIA LA VID VERDADERA PRECIOSA IGLESIA DONDE ME CONGREGO Y DOY GRACIAS A DIOS POR NUESTRO PASTOR QUE LO INVITO
BENDICIONES
Jorge León Pineda // Agosto 31, 2009 a 9:23 pm |
Dios bendiga todos sus bellos comentarios, en verdad, es un privilegio servir al Señor y dar a otros lo que por gracia he recibido de Dios todos estos años de su trato en mi vida. Que bendición. Todas sus palabras son la recompensa. Mi trabajo para la obra de Cristo no ha sido en vano, he dado frutos pero aún falta muchísimo mas……Dios bendiga a cada uno de ustedes.
JORGE LEÓN P